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Y tras un largo silencio…

Y tras un largo silencio…

Hemos vuelto. Inspirados en el dolor, en el miedo, en la ira que hierve por nuestras venas. Planteándonos preguntas nuevas, que duelen, que irritan. Que suponen un problema demasiado grande como para ponerlo en portada.

Hemos vuelto, hartos, cansados y llenos de ira, como en ese 22M donde todo ha empezado a cambiar. Donde la semilla del miedo se ha extendido por nuestros corazones como un germen, enraizándose, como una nueva epidemia. Y yo estuve allí. Yo vi, observé y contemple en toda su magnificencia el poder que el Estado ha conseguido con esa semilla.

Observé a padres, presos del pánico y la represión, huyendo entre los gritos, tirando de los carros de sus bebés. Oí los disparos de las pelotas de goma retumbar por todo el paseo del prado. Percibí la tierra temblar bajo las millones de pisadas que inundaron el centro de Madrid aquella tarde. Y lo sentí. Sentí el puro miedo que segregaba cada una de las personas que salieron corriendo, así como su odio cuando aquel cordón policial se rompió, en medio de un acto precioso que ni terminó, y cundió el pánico. También vi la ira en los ojos de aquel anti disturbios cuando le gritó, ante mí y unos amigos, a unos ancianos de la marcha que “se largasen a su puto pueblo a dar por el culo”.

Pero también, vi algo fuera de lugar,  algo completamente inusual, algo, que en mis 20 años de vida, no había visto jamás. Vi esperanza y valor, sacado de ningún lugar. Vi a una marabunta corriendo, bajo el amparo de la Cibeles, hacia un montón de antidisturbios acojonados. Vi a la gente siendo agredida, y defendiéndose. Vi a muchísima gente aplaudir cuando aquel camión de bomberos irrumpió en el paseo contra el cordón.
Pero aquello no se acabó ahí. Y eso es lo que me fascinó. La gente no se volvió con el rabo entre las piernas a casa, volvieron a salir. Durante toda una semana, a pesar de los trágicos incidentes del 22M (2 anti disturbios con conmoción, muchos detenidos, un manifestante que ha perdido un testículo y con el otro dañado) hemos vuelto a salir a la calle. A manifestarnos por todo aquello que nos roban, día tras día. Hasta que en el 26M, algo volvió a arder. Y esta vez, fue en CIU.
Barricadas, fuego y 52 personas detenidas en la ocupación del vicerrectorado de la universidad Complutense, a causa de los 600.000 alumnos sin beca de este año. Unos dicen que había un infiltrado de la policía en la asamblea, otros dicen que fue un telefonazo. Sea como fuere, en algo ardió en CIU este pasado miércoles, mientras 18 lecheras desfilaban ante mis ojos.
Los gritos, los pelotazos, el fuego y el miedo volvieron a hacer acto de presencia. Sin embargo, allí estaba de nuevo. Aquel brillo de esperanza en los ojos del que tira la piedra, el pánico en los ojos de quién la recibe. Y una y otra vez, durante toda esta semana, se han ido repitiendo estos hechos. Tan sobrecogedores, tan inquietantes, que sería peligroso tenerlos en primera portada.

 

Y las fuerzas del orden, aquellas personas que se interponen entre “Ellos”(Gobierno) y nosotros, pronto empezarán a darse cuenta, de que todo aquello que defienden, es indefendible.
Que ojalá ellos no tengan que sentir nunca ese pánico atroz que te recorre la espina dorsal cada vez que alzan esa porra contra nosotros. Pero que ojalá pudiesen empatizar un poco con nosotros, y no hacerlo. Que ellos, a quienes me dirijo en este escrito, cada vez que alzan una porra están pegando al hijo/a de alguien, al padre/madre de alguien. Que podría ser uno de los suyos, perfectamente. Ellos, las fuerzas del orden, deberían saber incluso mejor que yo, que pronto no quedará patria a la que defender, ni puesto de trabajo que conservar, cuando no tengan con que alimentar a sus hijos por la política económica de este gobierno. Que no tendrán medicinas con las que cuidar a sus padres, pues sus precios o sus miserables pensiones los matarán de enfermedad, o de hambre.
Que su futuro entero pende de un hilo, y la respuesta está en retirarse el casco. Sé que abandonar una creencia, desobedecer y rebelarse contra todo un sistema que se ha inculcado en alguien es muy difícil, pero es absolutamente necesario. Deben entender, estas fuerzas, que cuando se quitan el casco, dejan la porra, el uniforme y la placa, son ciudadanos, como el resto. Como todos esos que levantamos las manos presos del pánico rogándoos como si os debiésemos la vida que no nos reventéis a porrazos.
Tan solo os pedimos una cosa, y no es fácil hacerlo, pero seguiremos haciéndolo.
Dejad de creer en ELLOS. ¿Creéis que van a salvaros, cuando toda esta mierda reviente? Los antidisturbios madrileños ya lo comprobásteis el 22M, cuando no os mandaron más refuerzos. ¿Creéis que os meterán a todos en su bote salva vidas económico? Aunque, recuerdo que ya os han tocado la paguita extra. Si es así, dejad de soñar, en mi humilde opinión. Para ELLOS, todxs somos prescindibles, excepto ellos mismos.

 

 

Escrito por: May Ramírez Alonso

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Comentarios (1)

  1. Beni dice:

    Tus palabras me conmueven y me hacen pensar en lo que estamos pasando. Parece un mundo del revés, caótico y sin esperanzas de futuro; pero de nuevo eres tú la que nos das aliento y ánimos, tú que estás con los desfavorecidos, los que sufren y padecen tanta miseria. Te conozco bien amiga May y sé que a pesar de tu dolor sigues resuelta el camino de la justicia social y de la verdad, por ello te aplaudo, y respeto. yo, como tú, estaré con los que sufren y los que alzan la voz por una dignidad que nos niegan.