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No estaba muerta.

No estaba muerta.

Tampoco estaba de parranda. Estaba aquí mismo, donde me encuentro ahora, sólo que con algunos cambios extravagantes.

Las desastrosas semanas de los exámenes de febrero por fin han llegado a su final. De hecho, ha pasado ya una semana y media desde que resignada, suspiraba y entregaba la última hoja que valía como examen, tras una turbia dilación que gracias a…bueno, no sé si darme las gracias a mí, a los profesores, a dios (con este punto tengo reales conflictos) o a la casual inspiración del momento de escribir lo que se supone que te sabes del temario. En esta ocasión, decidí quedarme encerrada en casa día sí y día también para estudiar. Ya sé por la experiencia propia de otros años que las bibliotecas de la facultad en febrero y en junio están el doble de transitadas que en septiembre, lo que conlleva al doble de estrés, el doble de estupor (sin olor de ningún tipo para mí) y el doble de neuronas explotando alrededor.  Así que encerrada en casa y casi sin ver la luz del sol, estuve dos semanas. Dos semanas de real e intenso procesamiento de información. Los últimos días estaba segura de que no volvería a ser la misma después de todo aquello.

De hecho, creo que no soy la misma. El lunes pasado comencé el segundo cuatrimestre y aún estoy intentando superar la resaca de los exámenes. Mi cuerpo no es el mismo, y mi mente es la que más ha cambiado. No soy más sabia ni sé más cosas, sino todo lo contrario. A veces, me hace gracia recordar que cuando llegué a primero de carrera, dentro de mí se repetía esa frase tan conocida de ‘en la universidad te encuentras’. No sé el resto de personas de este planeta, pero desde mi experiencia empírica, con cada año que pasa me siento un poco más perdida. Pero no es preocupéis, estoy luchando por encontrarme.

Escrito por: Kaleidoscopio Cinco

Veo la vida a través de fantasmas de colores, pero todos me persiguen. Retrato emocional-universitario.

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