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El inicio y la ira

Los comienzos nunca son fáciles. Embarcarse en un nuevo camino, puede ser una auténtica locura o un completo coñazo. Adaptarse, cambiar y reestructurar todo nuestro modo de vida no es tarea fácil, pero lo hacemos. Somos humanos y, al fin y al cabo, estamos completamente diseñados para ello, o eso dicen. Y si no sabemos cómo, debemos aprender a hacerlo, si queremos sobrevivir.

A mi, personalmente, nunca me ha costado embarcarme en un nuevo camino. Pero claro, nunca es fácil desprenderse de viejas costumbres, ni de viejos recorridos. Y eso es realmente difícil en muchas ocasiones, por mucho que nos cueste aceptarlo.

Pero bueno, al fin y al cabo, mi sentido de la orientación suele estar de mi parte. Perderse para mí, es algo bastante extraño e inusual. Siempre llego a los sitios con algo de ventaja o tan solo necesito un par segundos observando un mapa de metro para saber a donde tengo que ir, y cómo debo hacerlo. Podéis tomarlo de manera metafórica o literal si queréis, pero en el caso literal, es extraño. Vengo de un pueblecito de seis mil habitantes en el que cuando alguien dice “estamos al lado de casa” es, LITERALMENTE ASÍ. Aquí en Madrid, en mi nuevo camino, me he percatado de que cuando la gente dice que algo está cerca para mí, en realidad, está a tomar por saco. El concepto de las distancias en la capital ha distorsionado mi manera de ver e incluso apreciar el tiempo. Antes, en mi pequeño pueblo, solo necesitaba tres minutos de reloj para atravesar una calle o un campo de naranjos si así lo prefería, para llegar a la puerta de mi instituto. Ahora necesito una hora enterita si quiero llegar desde mi casa hasta Somosaguas a tiempo, y si quiero que mis profesores me dejen pasar a clase.

Me he dado cuenta de que muchos de mis profesores también tienen una concepción de las distancias, (o puede que del tiempo en sí) que no soy capaz de comprender. A pesar de que ellos tengan su propio transporte, llegan unos quince minutos tarde, quince minutos que yo invierto en los autobuses que salen desde Moncloa ( autobús A) dirección Somosaguas, y que realmente parecen ratoneras con ruedas.

Y en esta parte del texto, chic@s, es cuando empiezo a estar realmente cabreada.

Siempre que llegaba tarde al instituto, era consciente de que era culpa mía. Me dormía, hacía el vago o simplemente me quedaba fuera con mis amigos. Siendo sincera, era más tontería que otra cosa, en fin.

Pero cada vez que llego tarde a la universidad, habiendo salido con tiempo de sobra, algo se me revuelve por dentro al darme cuenta de que esta vez, no la he cagado yo. Salgo de casa una hora antes con tal de poder llegar a la puerta de mi facultad (Ciencias políticas y Sociología) y conseguir un margen de dos minutos para poder fumarme un cigarro. Cojo el metro a las ocho de la mañana que está a reventar y a duras penas cierran las puertas, para que después me suelten en Moncloa frente a una cola infinita de estudiantes cabreados y congelados que asustarían hasta al más intrépido. Como el gobierno de la ciudad de Madrid es tan amable, nos deja pelándonos de frío a esas horas y matándonos vivos literalmente para ver si hay alguien de nuestra clase o algún amigo al principio de la cola y así poder colarnos descaradamente para que nosotros lleguemos a clase primero y como consecuencia de ello, que otros no consigan llegar. Es la supervivencia del más fuerte, o del más listo. Con Botella y sus medidas ejemplares hemos perdido el autobús I, y se ha reducido el número de autobuses disponibles. A causa de esto, hay los mismos alumnos ( o más) que años anteriores, pero menos transporte para todos ellos. Por lo tanto, todos acabamos como sardinas en lata dentro de los autobuses A, incluso en la zona de delante donde se supone que no debe ir nadie, junto al conductor. Encaramados a los huecos entre los asientos, con las caras pegadas a los cristales y teniendo un contacto físico no deseado, en busca de un poco de estabilidad y aire puro, con tal de llegar a clase a primera hora. Ponemos nuestras vidas en peligro, en caso de que hubiese un accidente (que ya lo ha habido, pero eso os lo contaré otro día) con tal de llegar a clase a tiempo. La empresa del EMT, que no son para nada tontos ( y pronto tampoco serán para nada públicos) echan las culpas a los conductores alegando que son ellos los que no deberían dejar subir a más gente de la capacidad que tiene el bus, pero yo soy consciente de que si eso fuese así, nadie llegaría a clase a tiempo. La necesidad de un aumento del transporte público es inminente, y es una completa locura que te hagan pagar por un viaje en el que vas mal, agobiado ( hay gente incluso que se desmaya, os lo dice un testigo ocular)  y pegado a otros alumnos que están exactamente igual que tú, luchando por respirar y permanecer en pié. E incluso ya nos jugamos la vida y a ellos les importa una mierda porque la recaudación de beneficios es más importante. Sin embargo este año los EMT han perdido muchísimo dinero, y tengo entendido que están en quiebra. Por lo tanto, una empresa privada tomará el control de los autobuses y el metro. Por supuesto, aunque seguirá siendo público, pagaremos muchísimo más por unos servicios de peor calidad.

¿Así pues,es este el maldito mundo que queremos? ¿Nos vamos a quedar calladitos, como siempre, con la frase de: “eso a mí no me afecta”? ¿O vamos a salir, vamos a luchar y vamos a demostrar por qué estamos realmente enfurecidos?

Escrito por: May Ramírez Alonso

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